Algunas pistas acerca de Pasajes sonoros. Escritos sobre música Volumen I
“Recuerden: el consumo de objetos trae felicidad”, avisa el autor en tono paródico, pero también lo dice en serio. Y cuenta su proceso de trabajo para este libro, o cómo “escribir sobre música es como bailar sobre sandías”.
Texto y fotos: Marcelo Pisarro
Usaré este espacio para venderles un libro. Se los venderé a los gritos y sin escrúpulos. Imagínense a un señor con galera y bastón anunciando tónicos milagrosos en la parte trasera de una camioneta desvencijada. O quizás ofreciendo sandías. Un estafador sonriente parado en una tarima del salón del ayuntamiento que explica las bondades del monorriel que podrían construir en el pueblo si ahorraran dinero en áreas menos importantes, como la salud y la educación y el bienestar de los perritos mendigos. En Springfield funcionó. La venta, digo, no el monorriel.
El libro que escribí y que aquí les traigo, junto a las sandías, los tónicos milagrosos y el monorriel, se llama Pasajes sonoros: Escritos sobre música, volumen I. El título es genérico y parece hecho por una IA mal informada (cosa que no confirmo ni desmiento), aunque el subtítulo está meditado, una línea explícita para compensar la vaguedad del título, y el agregado de “volumen I” funciona como expresión de optimismo.
Un libro de música, eso tenemos en la camioneta de las sandías.

Pasajes sonoros es una colección de ensayos sobre acontecimientos musicales: canciones, atmósferas, tradiciones, anécdotas, sinfonías, géneros, voces, mercancías, tecnologías, artefactos, desplazamientos y sonidos.
Bob Dylan nos muestra que las canciones pueden ser mapas y nos conduce por la industria de suvenires de linchamientos del siglo XX. Nueva York es un relato de terror, según la atmósfera que Richard Hell capturó a mediados de la década de 1970, y es una fantasía luminosa de autonomía y consumación del yo, según Taylor Swift, cuarenta años más tarde. El folklore musical de la región andina central se inventa en estaciones de radio y despachos gubernamentales y se marca como milenario, inmemorial y ancestral a pedido de la industria de identidades nacionales. La música clásica no siempre fue clásica y basta con abrir y cerrar un paraguas frente a un piano para cuestionar su legitimidad. Componer una sinfonía puede conducir al paredón de fusilamiento bajo un régimen totalitario y, por la misma razón, estrenarla en esas condiciones puede convertirla en una leyenda de libertad.
Grupos de garaje-surf bolivianos y peruanos de la década de 1960 escuchan a los Rolling Stones e inventan el punk rock. Que es la música que tocaban los Ramones, una prueba meticulosamente estudiada de que crear canciones tontas requiere mucha inteligencia, y también las Slits, en el Londres de 1977, reversionando a un cura llamado Michel de Certeau al que le gustaba fantasear con las teorías de las desviación. Un maleante de nombre Pedro Navaja, amparado por las restricciones y las posibilidades de la salsa, pone a prueba las imágenes resbaladizas del tango y todas las representaciones que esas imágenes autorizan. Mientras tanto, en la radio, los Beach Boys te recuerdan el mejor verano de tu vida.
Hay vanguardia en Berlín, nostalgia en Folly Beach, psicodelia en San Petersburgo, tranvías en Humahuaca, discos olvidados en La Paz y cantores reencontrados en Buenos Aires. Hay imitadores, estrafalarios, tergiversaciones, matanzas, nihilistas, jipis drogones, bandoneones, enamorados en la cola del banco y errores de sistema de iTunes que alcanzan el primer puesto en los rankings musicales. Está Sandro, que nos dice que no deberíamos tomarnos en serio nada de todo esto, y está Joe Strummer, de The Clash, que nos enseña que el futuro no está escrito, y cuando Regina Spektor propone un brindis por las cosas que nos importan, eso hacemos: brindamos por lo que nos importa.
Y esto debería funcionar como sinopsis libre de espóilers. ¿Ya dije que sale Taylor Swift? Sale Taylor Swift. Así que consuman.

Hay una cita del libro que me gustaría traerles en mi camioneta de vender sandías. Es una observación de la antropóloga Yana Stainova, a partir de su trabajo con jóvenes del programa venezolano de música clásica El Sistema. Escribió Stainova: “A menudo equiparamos la buena erudición con la actitud crítica. Una visión cínica del mundo se recibe de modo casi automático como científicamente más sólida que una encantada. Si bien esta metodología condujo a hábitos de pensamiento desestabilizadores de las grandes estructuras perpetuadoras de poder, también elevó la perspectiva crítica a un pedestal. Estamos más inclinados a desvelar los mecanismos, las lógicas culturales y los flujos globales desiguales que sustentan el encantamiento que a suspender la incredulidad y participar en ella. Tenemos miedo de sentirnos encantados”.
En esta colección de escritos quise mantener la capacidad de sentirnos encantados por la música. Sí, es un libro informado por la antropología y otras miradas académicas, hay un montón de develación de mecanismos, desigualdades y lógicas culturales, un montón de backstage de narrativas hegemónicas y naturalizadas, pero lo que está en el pedestal no es la perspectiva crítica, sino la música y todo aquello que es capaz de provocar, de posibilitar, de crear y de transformar. Podría venderles Pasajes sonoros como un libro de antropología, o de estudios culturales, o de historia de las artes, una cosa así. Pero no. Es un libro de música. Porque es la música la que nos trajo hasta acá e hizo posible cualquier conversación. Y sin la música en el pedestal, aunque luego le movamos el banquito para que se caiga de ahí arriba, no tendría sentido. La música es la guinda de la torta. Y nadie se come la torta y deja la guinda en el plato. O sí. Pero no es nadie a quien quisieras invitar a tu fiesta de cumpleaños.

Los libros a veces tienen epígrafes. Que es la cita breve que se coloca al comienzo para ilustrar la idea general del libro. El epígrafe de Pasajes sonoros está tomado de las notas de Make a Tadpole Holler Whale, el álbum de 2016 de la banda de jazz Smoking Time Jazz Club: “Se ha dicho que la música es un árbol enorme con raíces muy antiguas. Un árbol que todavía está vivo y creciendo, y si ves hacia arriba, aun brotan hojas y todavía siguen ondeando con la brisa”. Es la idea general de este ensamble de ensayos, pero puede ponérsela en relación con otra idea y llevársela mucho más lejos. Si alguna vez, en otra galaxia, en un futuro distante, en un universo paralelo, existe un segundo volumen de Pasajes sonoros, habrá un largo ensayo acerca del jazz tradicional que se toca en las calles de Nueva Orleans, y allí leerán que la compositora y multiinstrumentista Aurora Nealand, sentada en el porche de una casa de madera del barrio de Bywater, completa la idea del epígrafe y, en la misma acción, completa la propuesta de este libro: “Creo que en el sonido y en la música hay revolución, resistencia y sanación; que nuestras voces y oídos pueden ser una fuerza de verdadera fortaleza y diplomacia”.
Pasajes sonoros es el producto de muchos años de escuchar, escribir y pensar sobre música. Es un libro entretenido, no pretende enseñarles a vivir, no hace quedar mal a las ciencias antropológicas, no hay charlatanería trascendental, y cuando se trata de música, ese árbol enorme de diplomacia, revolución y sanación, apuesta no por el cinismo, no por el desdén, sino por dejarse encantar.
Y esto es todo. Para finalizar, y por si quedan espíritus dubitativos entre la audiencia, dirijo su atención hacia la lista de reproducción de Spotify, pues los libros de música, en estos días, incluyen un código QR que te lleva a una lista de Spotify, así como antes traían casetes, o discos compactos, o vinilos, o vínculos para descargas en mp3. No sé si estoy de acuerdo con incluir códigos QR y listas de Spotify, sospecho que no, pero al menos me entretuve ordenando las pistas: no me digan que el final de ese fragmento de Lady Macbeth de Mtsensk de Dmitri Shostakóvich no estaba destinado a empalmarse con el bajo de “Holiday in Camboya” de Dead Kennedys.
Así que tienen libro, playlist y sandías. También repetiré que sale Taylor Swift, el actual personaje principal del universo, pues mi afán de lucro no tiene límites. Luego podemos pensar lo del monorriel. Pero desconfíen de los tónicos milagrosos. No funcionan.
Que tengan un buen día y gracias por su tiempo.
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